Carta póstuma de Mauro A. La Pietra

Hoy es 6 de octubre del 2018. Empiezo a escribir estas palabras sin saber precisamente cuándo serán publicadas.

Si ocurre lo amargamente obvio y luego mis voluntades se cumplen, yo ya debería haber partido cuando salgan a la luz. Si ocurre lo imposible, serán el testimonio oculto de un sobreviviente. Pero la situación es lo suficientemente grave como para tener que escribirlas ahora, puesto que no sé por cuánto tiempo más podré hacerlo. Incluso hoy, solo puedo redactar lentamente y con mucho esfuerzo, eligiendo cada letra y cada palabra del teclado en pantalla, mientras éste interrumpe en el vasto vacío de mi hoja en blanco. Sé que voy a necesitar muchos días de trabajo para poder volcar todas las palabras, quizás meses, pero en algún momento tengo que empezar…

Este texto no pretende ser la típica carta de despedida almidonada, que la gente comparte conmovida por las redes como un caramelito agridulce, degustando la ajena perspectiva de quienes se aproximan a la muerte. Mucho menos busca ser una guía de algún tipo para quienes comparten mi diagnóstico: no me importa si coinciden conmigo, si se ven reflejados, o todo lo contrario. Considero necio e irreverente creer que hay una “manera determinada” en la que hay que proceder frente a semejante enfermedad, y que ni siquiera otro enfermo puede juzgar las acciones, sentimientos y decisiones ajenas. Nunca simpaticé con aquellos que se creen líderes mesiánicos, profetas autoproclamados de una supuesta verdad absoluta construida sobre experiencias propias y singulares.

Este texto puede considerarse un testimonio egoísta, y en algunos aspectos podría coincidir en que efectivamente lo es. Lo que sí creo es que todos los individuos debemos experimentar el peso y el alivio de aquello que elegimos decir, y también el peso y el alivio de aquello que decidimos callar. Y que la forma en que se dicen las cosas, sobre todo aquellas de las cuales no podemos retractarnos, no es menos importante que el mensaje en sí. Esta declaración se trata de eso. Es una expresión personal, íntima pero no privada, bastante extensa, de últimas palabras y últimos silencios. Es una forma de desahogo y también una manera de contar mi versión de mis últimos tiempos.

Nunca me gustó que pusieran palabras en mi boca o que se hable desde el desconocimiento, y estimo que no debe haber forma más simple de hacerlo que cuando uno ya no puede contestar. A los vivos, en cambio, les sobran oportunidades para argumentar, para decirse y contradecirse. Así que también busca evitar expresiones del tipo “Mauro pensaba que…”, “Personas así sienten que…”, “Ahí lo que pasó fue que…”, “Mauro estaba triste por…”, etc. Nada ni nadie será más fiel a lo que yo pienso y siento que este testimonio. Simplemente porque considero que hay cosas demasiado propias, amargas e intransferibles como para hoy compartirlas en total sinceridad con quienes forman parte de mi vida. Experiencias que viví en este último tiempo me han convencido de un pensamiento que siempre me interpeló: en ciertas situaciones, aunque sea por tiempo limitado, la gente que nos importa merece algo mejor que la verdad. Y eso significa callar hasta que sea propicio.

En noviembre de 2017 fui diagnosticado con esclerosis lateral amiotrófica (ELA). Los síntomas aparecieron tenuemente en diciembre de 2016, pero se volvieron alarmantes a mediados de 2017. Luego de muchos estudios y varias consultas médicas, el gran fantasma por el que había empezado a preocuparme se hizo corpóreo en las palabras de los neurólogos.

La ELA es una enfermedad neurológica degenerativa incapacitante, de rápido avance, médicamente incurable e irreversible. Se caracteriza por una debilidad muscular creciente, que lleva a la parálisis e inmovilidad de todo el cuerpo, como consecuencia de la muerte de neuronas que controlan las funciones motoras. Sin afectación de la sensibilidad o la conciencia, en estado avanzado quien la padece se transforma en prisionero en su propio cuerpo: sin posibilidad de deglutir, de hablar, de mover parte alguna de su cuerpo o rostro, etc. La fuerza en los músculos respiratorios también se agota, y la incapacidad para respirar suele ser el desencadenante natural de la muerte. La enfermedad es muy caprichosa: empieza por lugares diferentes, a casi cualquier edad, progresa a ritmos distintos y afecta funciones físicas en orden diverso.

La parte más mecanicista de la medicina ha logrado solucionar los problemas de la alimentación y respiración a través de máquinas y sondas: comiendo por un tubo y viviendo enchufado a un respirador. Quienes eligen o sucumben (cuestión de perspectiva personal) a estos artificios, pueden permanecer más tiempo mientras experimentan la degradación de las funciones restantes.

La enfermedad me alcanzó en un momento de la vida lleno de proyectos. Tenía 25 años, el amor de mi novia desde hacía seis años, estaba recientemente recibido de ingeniero, con algunos ahorros que me permitían pensar en vivir junto a mi pareja, con un buen trabajo acorde a mi profesión, yendo al gimnasio para intentar verme más atractivo, con las ganas de armar una banda para volver a tocar la viola junto a mi hermano, y muchos sueños más. La llegada del diagnóstico fue acompañada de cantidad de pensamientos, temores y necesidad de decisiones.

De hecho, la rápida evolución que había presentado en mis síntomas me hizo evaluar temprana y seriamente la posibilidad de tomar mi vida. Para una persona libre de tabúes religiosos respecto al suicidio, y con las consecuencias que tiene una enfermedad como la ELA, el planteo no es ilógico: si en el futuro la existencia se vuelve insoportable como prisionero en mi propio cuerpo y ya no puedo tomar mi vida (por falta de fuerza y motricidad para hacerme daño, imposibilidad de tener tiempo en soledad e independencia para concretar el acto, responsabilidad legal que descansa sobre otros, etc.), debo tomarla ahora que todavía puedo hacerlo.

Obviamente este adelanto del desenlace no es algo deseable, por lo que mundialmente se debate sobre el rol que puede jugar el suicidio asistido. A pesar de mi postura a favor de lo que yo considero que debería ser un derecho civil, en nuestro país el suicidio asistido es ilegal y por lo tanto no es una posibilidad concreta. Sin embargo, a pesar de todas las consideraciones del caso, resolví no tomar mi vida en ese momento y seguir adelante. En ese entonces decidí (y aún no me arrepiento de ello) que merecía la pena correr ese gran riesgo para agotar la chance de darle pelea a la enfermedad, intentar frenarla o revertirla aunque se sabía un objetivo imposible, y para vivir algunos buenos momentos y experiencias más en el “mientras tanto”.

A partir de ahí tomé la postura de seguir con mi vida como si nada hubiese cambiado. Terminé la cursada anual de mi segunda carrera universitaria presentando los proyectos grupales con la misma responsabilidad de siempre (un poco de Arduino, un poco de mecánica, mucho de viaje entre Palermo, Lugano y Caseros), seguí trabajando como venía haciéndolo, intenté mantener a mi relación amorosa aislada del dolor que genera una enfermedad así, planeé un viaje laboral al exterior, planeé un viaje personal donde la habitación en el primer piso solo era accesible por escaleras, etc. Sí es cierto que circunscribí mis relaciones sociales a mis afectos más cercanos, y demandé que nadie revelara mi enfermedad o detalles sobre mi salud: nunca me gustaron la lástima y compasión ajenas. Más de una vez puse en compromiso a mi novia con esta exigencia y ella, con justa razón, siempre me lo reprochó. Y así terminó el 2017 y llegó el año 2018: con visibles dificultades para caminar, subir escaleras y escalones, permanecer en equilibrio, con mi brazo menos hábil también afectado y con una disminución notable de mi fuerza en general.

Creo que, a pesar de mi racionalidad y conocimiento sobre los estragos que produciría esta enfermedad, pensé que con esfuerzo sería posible detenerla ahí: en una instancia que me permitía llevar una vida limitada, pero tolerablemente normal. El tiempo demostraría que mi obstinación (a la cual siempre consideré mi mejor virtud) no sería suficiente para esta batalla, y que la confianza que me tenía para lograrlo se cimentaba en una soberbia bastante injustificada.

La etapa combativa incluyó casi todo lo que tenía a mi alcance: el medicamento cuyo excelso beneficio es retrasar de 3 a 6 meses la traqueotomía, vitaminas y suplementos diversos, natación e hidroterapia, kinesiología, electro-estimulación, tratamientos con células madre, ejercicios caseros en el tiempo libre, etc. No hice peregrinaciones religiosas, visitas a curanderos o experiencias similares, a pesar de la justificada insistencia de familiares y conocidos. Respeto que cada enfermo transite su camino como mejor considere, pero en mi caso siempre obré de acuerdo a la filosofía, los valores y las convicciones con los cuales siempre he vivido. La voracidad de la enfermedad todavía no me generó suficiente desesperación como para creer en cosas en las que nunca he creído. Personalmente no solo no me arrepiento, sino que estoy orgulloso de ello.

Durante la lucha contra el avance también me empeciné en no ser ayudado en las actividades cotidianas: aunque fuera más lento y riesgoso, era una forma de conservar mi dignidad y tratar de no ceder ante la progresión de síntomas. Pero a pesar de todo el empeño y la voluntad, no pude torcerle el brazo al monstruo. Cuando caminar solo a la estación de tren dejó de ser posible tras sucesivas caídas e imposibilidad de levantarme por mi cuenta, fue necesario que me dejen con el auto en la estación. Cuando las escaleras de la estación pasaron de ser difíciles a imposibles, fue necesario empezar a ir en colectivo.

Cuando incluso en terreno llano sin escalones sufría caídas, fue necesario empezar a usar un bastón para ingresar a la plataforma del metrobus. Cuando viajar y bajar del colectivo se tornó imposible, fue necesario que me llevaran en auto hasta la puerta. Y cuando el bastón no fue suficiente para desplazarme sin riesgo, fue necesario que me acompañasen de la mano hasta mi asiento. Similar progresión, burlona y sádica frente a todos mis intentos de tratamiento, experimenté en otras actividades. Vestirme fue una tarea cada vez más demandante de tiempo y esfuerzo: primero para inclinarme hacia los zapatos, luego por no poder abrocharme los botones de la camisa, luego por no poder atarme los cordones, y así sucesivamente.

Mi rutina de oficina, kinesiología e hidroterapia se restringió a las dos primeras cuando ya no pude levantarme solo del banco del vestuario (cambiarme ya me tomaba 45 minutos de pura perseverancia).

Estos son solo ejemplos aislados de la degradación que me ocurrió en cuestión de meses. Al día de hoy no puedo tocar la guitarra, no puedo cantar, no puedo escribir a mano ni en un teclado, no puedo caminar sino algunos metros ayudado por alguien y usando bastón, no puedo vestirme solo, no puedo ir al baño ni ducharme solo, no puedo levantarme de una silla o de la cama sin asistencia, no puedo sostener un libro en mis manos, prácticamente no puedo usar el celular, no puedo cortar ni pincharme la comida, no tengo suficiente fuerza como para llevarme un vaso de agua a los labios, la cabeza me pesa y el cuello está cada vez más débil, mi voz es frágil y nasal, no puedo rascarme si algo me pica, a medida que mi lengua se entorpece cada vez mastico más parecido a una tortuga… Obviamente esta encantadora enumeración podría continuar, y de más está decir que todavía sigue empeorando.

Y como la inundación, que aparte de agua trae barro y porquería, las pérdidas no se circunscribieron a lo físico. Mi novia me acompañó con amor y compañerismo desde que el recorrido médico comenzó, pero nuestra relación empezó a deteriorarse seriamente a partir del diagnóstico definitivo. Los tentáculos de un futuro desolador, palpable a través de mi creciente incapacidad, se metieron gradualmente en nuestro vínculo.

Ella tomó cada vez más distancia de mí, primero con sutilezas y luego con señales obvias. No desestimo la crudeza y enormidad de la situación que se le presentó, ni tampoco mi propia responsabilidad: demandé una atención que nunca antes había demandado, no pude ser apoyo en un momento en que ella me necesitó, no hice que habláramos con toda profundidad de lo que estábamos atravesando, entre otros errores. Traté de hacer las cosas bien, como puedo decir que siempre he tratado, pero no me salió. Pienso que la perspectiva que solo el tiempo otorga, y los futuros ejemplos, demostrarán qué tanto mejor pude haber hecho las cosas en ese contexto. Eventualmente el distanciamiento me resultó insoportable, intolerable e injusto, y exploté: no sin antes vomitar un poco de veneno propio, la puse en la encrucijada.

Demandé resolución, un sí o un no, un me quedo o un me voy. Con palabras que hablaban de un desamor no relacionado a la enfermedad, y por otro lado de cómo la enfermedad hacía imprevisible mi tiempo restante y por lo tanto incompatible con sus planes de vida, se terminó. Me ofreció continuar con una relación en forma de amistad, propuesta que nunca acepté. No existe enfermedad en este mundo suficientemente atemorizante como para que yo tolere la humillación, la afrenta a mi honor y el dolor de mi corazón de juntarme a tomar el té como el amiguito discapacitado, mientras cualquier otro pelotudo comparte la vida y le hace el amor a la mujer que amo. Yo no soy tan tibio. Sé que tengo que aceptar que me escupan un “ya no te amo” en el medio de la cara, pero afortunadamente mi tolerancia tiene un límite.

En fin, así concluyó todo, con una pérdida que desgarró el alma como no pudo hacerlo ninguna pérdida física. Mi ser más racional me dice que no puedo culpar a nadie por querer tener una vida normal, con preocupaciones normales…

Al igual que en cada cosa que aquí escribo, y como puntualicé al principio, expreso lo que yo siento y pienso sin dar importancia a si mi opinión es compartida o repudiada. Hay una reflexión que siempre tuve, y que hoy cobra más importancia que nunca: existir no es vivir. Una vida implica una existencia, pero no al revés.

Carta póstuma de Mauro A. La Pietra

Yo entiendo como existencia a algo que está más del lado de “presencia de signos vitales” que de otra cosa, y entiendo como vida a algo superador, a algo que está más del lado de la “autorrealización humana” (si es que eso existe) que de otra cosa. Obviamente lo difuso de ese continuum es el límite. ¿Dónde una vida se transforma en una mera existencia? ¿Dónde una existencia puede evolucionar hacia una vida? Creo que la línea divisoria es difusa y que para cada individuo está en un lugar diferente, porque solo en la profundidad e intimidad de nuestra alma puede existir algo parecido a una respuesta. Pienso que son afortunados quienes nunca tuvieron o tendrán que hacerse este cuestionamiento.

Pienso que son valientes quienes se lo hacen, y obran para crecer en vida y alejarse de una existencia que no los llena. Y entonces surge la ineludible pregunta, la que solo yo puedo hacerme y responderme: ¿Es esto que yo tengo una vida? Veo como perdí gran parte de las facetas que definen a mi personalidad, a mi esencia, a mi yo.

Pedazos de mí que me tomó años y a veces esfuerzo desarrollar, algunos en los que fui bueno y otros en las que no tanto, pero que contribuían a ser quien era. Hoy ya no puedo decir que soy guitarrista, cantante, ingeniero, técnico, amante, escritor, cocinero, emprendedor, dibujante, diseñador, rival, orador, vendedor, docente, usuario de herramientas… Nombro a las primeras facetas que se me ocurren, que han de ser las que más añoro.

Con semejante mutilación de mi personalidad, puedo decir con toda seguridad que yo ya no soy el mismo. Tengo 27 años y no soy capaz de hacer ni un cuarto de las cosas que podía hacer mi abuelo con 75 años. Veo una mujer atractiva por la calle y sé que, más allá de cualquier fantasía irreal, no hay forma de que ella me vea o me escuche como un objeto de deseo. Observo diariamente a algunos parapléjicos andando en sus sillas de ruedas y los envidio, porque sus brazos y manos funcionan suficientemente bien como para hacer muchas de las cosas que yo tanto extraño.

Nunca fui un gran deportista, pero me recuerdo nadando en el mar, caminando en la orilla, subiendo un cerro, trepando un árbol, andando en bicicleta, y sé que son sensaciones que nunca más experimentaré. Siempre temí a la degradación mucho más que a la muerte, y no existen palabras para definir mejor la vivencia de esta enfermedad que cargo a cuestas que deterioro, disminución y degradación. Siempre me esforcé para tratar de ser alguien extraordinario, y hoy no puedo siquiera acercarme a una vida ordinaria.

En mi cabeza sigo teniendo la misma capacidad argumentativa, ideas y justo sarcasmo para responder a quien me discute, pero mis palabras salen lentas o se ahogan en risas nerviosas involuntarias cuando las preciso. Siempre estuve orgulloso de mi autonomía e independencia, y hoy dependo de otros incluso para las cosas más elementales. No dejo de pensar que soy bastante joven como para tener que llevar la cuenta de cuándo fui al baño, o de cuánto comí para conservar mi peso.

Casi no me quedan lugares para ser una fuerza creativa o creadora de algún tipo, y a duras penas puedo consumir lo que otros generan. Por más irreal que resulte un sueño o una pesadilla, en la noche me aferro a ellos porque allí aún puedo caminar, correr, sujetar algo en mis manos, sacar pecho y mirar erguido al frente. Me miro a un espejo y contemplo la alteración de mis facciones a medida que esos músculos también se debilitan: mi sonrisa es ahora una mueca desarreglada, mis labios se vuelven un cuadro torcido cuando expulsan sus palabras.

Siempre me resistí a creer en el sentimiento nostálgico de “todo tiempo pasado fue mejor”, y hoy esa frase es un robusto yunque de realidad incuestionable. ¿Es esto que yo tengo una vida? Y mi respuesta, la que surge de mis entrañas, de mi ser más pasional y vehemente, es que no. Esa línea difusa podía ser dudosa en marzo o abril de 2018, pero hoy la he sobrepasado ampliamente. Hoy existo, no vivo. Quien me conoce sabe que puedo soportar bastantes golpes y cicatrices, y de hecho es mucho de lo que hago desde hace más de un año.

Pero esto es diferente. Es más que un estudio de resiliencia, porque acá el esfuerzo que tensiona y deforma al individuo nunca cesa, ergo no hay forma de analizar el post-trauma. Es mi contemplación consciente y sincera de si lo que tengo es suficiente para mi alma. Y la verdad es que esta existencia para mí, para mi personalidad, para mi manera de experimentar el mundo, para mi filosofía y mis convicciones, no es sostenible en el largo plazo. Sin posibilidad real de estar mejor, la otra alternativa es que me acostumbre a estar cada vez peor, a aceptar las migajas cada vez más pequeñas y duras que esta existencia ofrece. Pero yo no estoy de acuerdo con quienes creen que hay que tolerar y aceptar todo, por más diplomas que ellos puedan esgrimir. Si nunca fui un conformista mientras estuve sano, ¿por qué debo serlo en la enfermedad?

Tampoco soy de esos enfermos que justifican su vida en la contemplación de los logros y la felicidad ajenos, o en la creencia de que su lucha es inspiración para alguien más. Como he sabido decirme (permitiéndome usar una frase trillada) “si no es amor que no sea nada”, hoy me planto y digo “si no es vida que no sea nada”. Es un sentimiento vehemente y violento, pero no creo que las decisiones más trascendentales para guiar nuestro camino deban quedar solo en manos de nuestro ser más racional.

Ocurre que por ahora, en el corto plazo, esta existencia que tengo es tolerable, gracias a la inercia generada por lo que solía ser mi vida no mucho tiempo atrás, y al cariño y esfuerzo de quienes me acompañan en casa. Pero esa inercia se va agotando, y las dificultades crecen permanentemente. Retrasar o detener el avance de la enfermedad era un escenario de victoria cuando esta batalla empezó, pero hoy ya no lo es.

Perdurar en esta existencia es hoy una derrota. Por eso hoy decido rechazar todo tratamiento o curso de acción cuya expectativa (porque en la práctica tampoco se logra) sea retrasar o detener el avance de la enfermedad. Con algo de suerte el desenlace llegará más temprano que tarde, con una respiración insuficiente que le gane la carrera a nuevas parálisis, a quedar mudo o a no poder comer. Voluntariamente no voy a sucumbir a la traqueo ni a la sonda de alimentación.

Y si el final se demora más de la cuenta, emplearé toda mi paciencia, voluntad y disciplina en una de las pocas formas que me quedan para alcanzar la muerte sin pedir ayuda ni permiso. Porque esta enfermedad me ha quitado suficiente de mí mismo como para quedarme esperando a que me quite todo. Si logro que no sea así, habré alcanzado una muerte con orgullo y dignidad, que obviamente no significa todo pero sí significa mucho.

Sé que mis palabras son sombrías, pero se debe a que relato sucesos sombríos y que decido no maquillar la realidad: ni para diluirla ni para exagerarla. Pero eso no significa que todos mis días sean sombríos, o que los pase deprimido o sumido en tristeza. No tengo una personalidad pesimista ni disfruto lo suficiente de la melancolía como para sumergirme en ella voluntariamente. Obviamente decir que soy feliz sería una mentira flagrante.

Simplemente existo, trato de disfrutar de aquellas cosas que aún puedo disfrutar, abrazo el afecto de mi familia, pienso y reflexiono, me mantengo alejado de aquello que solo me daña, y respeto algunas rutinas. No paso mi tiempo ocioso durmiendo, ni tampoco acostado en penumbras. Cuando estaba un poco mejor organicé y emprendí un viaje importante con mis dos hermanos, que me trajo muchas alegrías y anécdotas.

Estoy conforme con las decisiones personales que tomé y tomo desde que este recorrido empezó, así como del momento para tomarlas. Creo que hay un tiempo para cada cosa, un tiempo para la batalla y un tiempo para el armisticio, que las coyunturas cambian y entonces nuestra decisión puede variar frente a la misma encrucijada. Y también creo que el hecho de decidir por uno mismo, dispuesto a asumir las consecuencias de nuestras decisiones sin excusarse en otros, tiene más coraje que un “Y bueno, yo sigo como hasta ahora” dicho con la cabeza gacha. La conciencia que tiene el ser humano de su propia finitud, y lo frágil que es en realidad frente a un universo indiferente, perturba a casi toda la especie. Creo que cada cual lidia con esa realidad abrumadora como puede: algunos tienen fe en un padre todopoderoso, otros tienen fe en la reencarnación… Yo soy ateo, no porque algo me falte ni tampoco por omisión: soy ateo por convicción.

Creo firmemente que es la manera más sincera, y por eso también la más dura, de enfrentar la realidad. Obviamente, como sucede con nuestras convicciones y nuestro carácter, la realidad se enfrenta en los momentos de verdadera dificultad: en las buenas nadie se cuestiona un carajo, ahí siempre será fácil elegir un camino, ahí siempre será fácil ser valiente y leal. Cuando antes he hablado de alma lo hice sin connotación religiosa, sino como la parte de mi ser que excede a la carne. Pienso que vivimos en un universo que se rige por el azar, con eventos de naturaleza completamente aleatoria y otros que pueden ser condicionados en diferente medida por nuestras acciones.

No creo en el destino, pero tampoco creo que podamos adjudicarnos todo el mérito o la responsabilidad por nuestra realidad. Porque en el medio siempre hay probabilidades, el rol de la suerte, el juego del azar. Solemos medir el éxito en esfuerzo, mérito y en tantas otras cosas, pero a menudo no le damos lugar suficiente al rol de la suerte. En mi caso puntual, ¿qué probabilidad hay de enfermar de algo neurológico, a temprana edad, que no puede ser revertido ni curado? Ciertamente la probabilidad es baja, pero no es cero.

Si la causa que da origen a los casos de ELA no hereditarios es desconocida, ¿podemos decir que hay algo determinístico en eso? Por ahora no, sigue siendo territorio de la aleatoriedad. Pienso entonces que existe cierta justicia en el azar, porque podría haberle pasado a cualquier otro pero me pasó a mí. Porque puedo sentirme muy importante pero en realidad soy igual de insignificante que cualquier otro humano, como todos los que murieron en el pasado y todos los que morirán en el futuro. Porque por mi manera de pensar no puedo echar culpas de lo que me ocurrió a demonios o a dioses, a su acción o su omisión. Entonces no tengo nadie con quien enojarme, solo puedo decirme “mala suerte”. Y sí, hay momentos donde me asaltan la bronca, la tristeza y la impotencia por todo aquello que no podré vivir y los sueños que nunca cumpliré.

Me duele mucho todo lo que me pasa. Porque por más reflexivo que me ponga sigo siendo una persona como la mayoría, que le cuesta ver más allá de su ombligo y de su propio dolor. Como la mayoría que piensa que sus problemas, incluso los más mundanos, son los más graves del mundo. Pero creo que intentar tomar perspectiva es un ejercicio de madurez y de humildad, y permite relativizar las cosas.

Entonces, a pesar de que deba morir joven y que el interludio sea bastante parecido a mi peor pesadilla, puedo ver que tuve una buena vida. En alguna medida gracias a mis elecciones, pero en cuantiosa mayor medida gracias al entorno donde nací, a las posibilidades que se me ofrecieron y a las personas que conocí, siendo mis padres los que ocupan el primer lugar. Ante todo eso que yo no elegí, aquello que azarosamente me tocó, solo puedo decirme “buena suerte”.

Ante todo el sufrimiento que existe en el mundo, de origen natural o humano, ante tantas vidas que se apagan o cercenan en la infancia misma, pienso que fui muy afortunado por mucho tiempo. Probablemente por menos tiempo que muchos que ahora me están leyendo, pero por más tiempo que otros tantos. No tengo muchas cosas de las que arrepentirme. Siempre fui libre de hacer lo que quise. Conocí el regocijo de vencer desafíos que otros no podían. Tuve la satisfacción de superarme a mí mismo algunas veces en algunas cosas.

Mis padres siempre pusieron en mí su mejor esfuerzo y todo su cariño. Encontré amistad y complicidad en mis hermanos. Tuve una infancia muy divertida. Viví grandes momentos con grandes amigos. Tuve varios amores y de varios tipos: fugaces y duraderos, correspondidos y no correspondidos, que fueron y que podrían haber sido, construidos por un momento o por toda una historia, en algunos casos más importantes para mí de lo que ellas saben. Viví el amor en todo su vértigo y el desamor en todo su desahucio.

Conocí los placeres de los labios y las piernas de una mujer. Pude expresarme creativamente en forma de dibujos, pinturas, acordes, palabras, objetos e ideas. Aprendí tanto como pude de aquello que me interesó, y afortunadamente siempre me interesaron muchas cosas. Aposté demasiado fuerte al futuro y finalmente la ruleta no me acompañó, pero al menos sé que hice mi mejor intento sin tener el diario del lunes.

Orgullosamente puedo decir que nunca traicioné la confianza de nadie. Siempre detesté la trampa y creo haber podido esquivar de practicarla la mayoría de las veces. Todos lastiman alguna vez, pero cuando lo hice intenté curar las heridas o pedir disculpas. Hice papelones y dije muchas ridiculeces, que al menos sirvieron para que muchos se diviertan conmigo o a costa mía. No fueron tantos ni tan largos los momentos en que me mentí a mí mismo. Pude dar algunos consejos que demostraron ser buenos. Me compré la guitarra eléctrica de mis sueños. Conocí bellas ciudades en varios países, y llené mis ojos de hermosos paisajes.

Viví experiencias profundas surgidas de alejarme del cuaderno de reglas y buenas costumbres. No creo que exista otro plano o una segunda oportunidad aparte de nuestro limitado tiempo como criaturas mortales. Creo que persistir en el recuerdo de quienes nos conocieron es nuestra única posibilidad de vida después de la muerte, y me consuela pensar que hice un poquito de mérito para ser recordado. Puede sonar a consuelo de tontos, pero el sueño eterno es un aspecto tan insondable que justifica creer al menos en eso.

Nadie merece más agradecimientos que mi familia, quienes siempre me apoyaron incondicionalmente. No solo desde el afecto, sino desde las ayudas concretas y crecientes que requerí, afectando sus rutinas y sus disponibilidades de tiempo. No existen palabras para mi mamá, mis hermanos y mi papá: sin ellos este interludio sería infinitamente más difícil de sobrellevar. Agradezco a mis amigos, quienes me acompañaron y me respetaron en mis decisiones, que en algunos casos implicaron que yo tomase una distancia física pero no afectiva.

Doy gracias a las personas que, aún sin ser cercanas o parte activa de mi presente, hicieron lo posible para enviarme su aliento. También agradezco el apoyo de la gente de mi trabajo, de mis compañeros, y de la mayoría de los profesionales de la salud que me tocó conocer. Es imposible que pueda abandonar este párrafo sin dedicar unas cuantas palabras a Nuri. Ella es la mujer que amo profundamente desde hace siete años y que odio con intensidad desde hace cuatro meses. Estoy convencido de que solo quienes nos importan demasiado pueden ser merecedores de las dos pasiones más intensas y viscerales que existen, que suelen retratarse como las más antagónicas.

Su recuerdo se convirtió en un tormento y en mi quimera, su ausencia en una de las tantas cosas que mi existencia desabrida me fuerza a aceptar. A diario mi mente o mis sueños me traicionan con ella. Por eso, en tanto de mí depende, hago todo lo posible para no saber nada de ella y que ella no sepa nada de mí.

Cuando se conozcan estas palabras bastante tiempo habrá pasado, y ella por muchas cosas, muchas personas y muchos cuerpos. Aunque eso haga hervir la sangre que recorre mis venas de bronca e impotencia, nada puedo hacer para acompasarme a un camino que solo diverge del mío. Siempre dije que la gente solo se acuerda de lo malo: no importa si alguien obró bien cien veces, una sola cosa mala será siempre más recordada. Aunque estoy convencido de eso, pienso que es una buena ocasión para no aplicar dicha manera “avictimada” de ver las cosas.

Nuri no fue solo mi novia. Ella fue mi mejor amiga, mi compañera de estudio y mi colega. Fue mi cantante, mi compañera de aventuras y mi confidente. Fue mi apoyo, mi inspiración y mi devoción. Fue mi deleite, mi alegría y mi sueño cumplido. Es responsable de la mayoría de los momentos más felices e importantes de mi vida adulta, y de gran parte de los de mi vida entera. Supo devolverme una sensibilidad que había perdido, rompiendo un blindaje que yo me había construido para protegerme. Parecía que estábamos hechos el uno para el otro, y esa sensación maravillosa e indeleble queda grabada hasta en los huesos. Ella es el gran amor de mi vida.

Siempre le voy a estar agradecido por todo lo que me regaló, porque enriqueció mi vida en toda forma posible. Yo no fui el novio perfecto, pero sé que siempre intenté ayudarla a ser más fuerte e independiente frente a las dificultades. Me quedo tranquilo de eso. Mi gran error fue asumir que iba a ofrecerme algo que nunca pensó darme, que éramos incondicionales. El error de tener expectativa en alguien más que uno mismo siempre es propio, no de aquella persona sobre la cual la expectativa recae. Sé que hubiese sido más noble y altruista de mi parte alejarla de mi lado para ahorrarle sufrimiento, pero nunca tuve esa intención en forma consciente: quería y necesitaba que me acompañara en este camino como mi amor. Esa es la parte del egoísmo de la cual yo puedo hacerme cargo.

A pesar de cómo ocurrió todo, nunca podría desearle otra cosa más que felicidad, dicha y una vida plena. Yo sé bien que se la merece. Sin embargo, como no he perdido mi ego ni soy tan superado, también espero que le resulte difícil reemplazarme de verdad. Bien sabe ella que siempre fui muy competitivo. Ojalá tenga suerte en su camino mi Nuri, la de perfil griego, sonrisa hermosa, ojos brillantes y otras tantas virtudes especiales e invisibles. Tal vez mi rencor, que tiene justificada su existencia, se apague un poco antes que yo para poder saborear sus recuerdos. O tal vez no.

Creo haber dicho todo lo que tenía ganas de decir. No voy a dar ningún consejo final. En primer lugar, porque no soy quien para dar consejos post-mórtem. Y en segundo lugar, porque si alguien llegó al final de este relato y no le surgió ninguna reflexión personal (algo enteramente posible) dudo que yo pueda cambiar algo con un consejo.

Al fin y al cabo, coincido en que los humanos somos animales de costumbres, y que todos inventamos, compramos y creemos el cuento que nos conviene. Ojalá pronto exista una cura verdadera para esta enfermedad, y que suene tan ridículo verse consumido por ella como hoy nos suena morir por la picadura de una abeja, de sarampión o de poliomielitis. La cura vendrá desde los recursos y el intelecto humano en forma de ciencia y tecnología, como todo avance que nuestra especie hizo en este campo sin conformarse con cuentos de milagros o débiles teorías de pseudociencias.

Lamentablemente yo no llegué a tiempo a la cura o al cambio de paradigma necesario. Todas estas palabras que comparto son el epílogo de mi vida: forman parte del libro, pero no son la historia principal. Con algo de suerte podrán exudar y conservar parte de mis sentimientos y de mi personalidad, con sus muchos defectos y algunas de sus pocas virtudes. Mi historia es otra cosa, y estoy bastante conforme con ella. Y al menos puedo decir que, cuando se trató de historias, siempre preferí los cuentos cortos a las novelas eternas.

Sean felices mientras puedan. Les deseo lo mejor.
Mauro A. La Pietra

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